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La fuerza y la voluntad

Este artículo forma parte de la serie 100 maneras de desarrollar alta performance en la cual te propongo incorporar el Método DeRose a tu vida cotidiana. Si estás leyendo, es porque tal vez ya estés en contacto con nuestro Método, o al menos tenés interés en descubrir cómo potenciar todo lo que hagas: el trabajo, los estudios, tu deporte… ¡la vida!

Practicamos una filosofía que busca la evolución, ¿qué mayor placer que el de desafiarnos a hacer las cosas de un modo diferente?

13 de 100 | La fuerza y la voluntad

Hace decenas de miles de años, la fuerza era una herramienta de supervivencia. Cuando nuestra especie vivía en las oscuridades de las cavernas, tener la capacidad física de apartar una piedra de la entrada podía ser la diferencia entre ver el sol al día siguiente… o no.

La evolución social le dio un vuelco interesante a esta cuestión; si bien ya no es estrictamente necesario tener ese tipo de vigor para sobrevivir, desde que se empezaron a generar registros fotográficos y filmados “el hombre fuerte” pasó a ser arquetipo de buena forma. La fuerza física también ha sido usada como inspiración estética, medida de comparación y hasta como escala de valores (el fuerte versus el débil, el ganador versus el perdedor, y así ad infinitum).

Podríamos escribir un libro entero sobre la fuerza del cuerpo, en vista de todas las facetas que tiene; pero elegimos considerarla desde un punto de vista práctico: la necesidad de tener un organismo resistente, capaz de acompañar lo que nos den ganas de hacer. La fuerza física, entonces, es una característica indispensable para la libertad.

Fuerza es sinónimo de energía, de acción; de ahí nuestro interés en desarrollarla. A un organismo sin firmeza le van a faltar capacidad de movimiento y de realización, necesarias para concretar sus objetivos, ya sea algo tan simple como abrir un frasco o una proeza deportiva de alto rendimiento.

Cuando encaramos esa construcción (porque sí, efectivamente es una construcción, hay que enfrentar el desafío progresivamente y como parte de un todo) descubrimos que en la medida que nuestros huesos, articulaciones y músculos se fortalecen, también lo hace la voluntad. La constancia es un jugador fundamental es este equipo.

Desarrollar la fuerza corporal es un proyecto a mediano plazo, pero en el transcurso de este trabajo los límites se desplazan y encontramos que el edificio está lejos de tener un fin. Cuando nos proponemos las primeras metas en este sentido, se despiertan infinitas posibilidades. Al inicio apenas podemos imaginarnos los cimientos, y en cuanto estos están colocados, la altura de la construcción se intuye potencialmente enorme.

Entonces, sabemos que un cuerpo fortalecido es un cuerpo más libre. Y observamos que en prácticamente todos los casos una voluntad firme suele acompañarlo. Pero, ¿qué viene primero, la fuerza o la voluntad?

Sin duda será necesaria la segunda para construir la primera. Y si la voluntad de acero no es tu punto fuerte, ahí va mi recomendación: empezá por entrenar en forma constante y respetuosa con el cuerpo. Sumá progresivamente tiempo de permanencia en cada técnica. Hacé de ese entrenamiento una diversión. ¡Y que la fuerza desarrollada sea la consecuencia de todo lo demás!

Por dentro y por fuera

Este artículo forma parte de la serie 100 maneras de desarrollar alta performance en la cual te propongo incorporar el Método DeRose a tu vida cotidiana. Si estás leyendo, es porque tal vez ya estés en contacto con nuestro Método, o al menos tenés interés en descubrir cómo potenciar todo lo que hagas: el trabajo, los estudios, tu deporte… ¡la vida!

Practicamos una filosofía que busca la evolución, ¿qué mayor placer que el de desafiarnos a hacer las cosas de un modo diferente?

12 de 100 | Por dentro y por fuera

A veces no alcanza con lo que hacemos en la superficie. Lo que se ve está reluciente, pero… ¿y lo que no se ve?

Específicamente, estoy hablando de limpieza. No de cualquier limpieza, sino de una que resulta fundamental: la del cuerpo. Bañarnos, lavarnos los dientes, hasta frotar la superficie de la lengua son hábitos de higiene incorporados, cosas que hacemos todos los días casi sin darnos cuenta. Algunas de esas costumbres nos han sido inculcadas aun antes de tener habla. Sin duda son rutinas muy arraigadas, de esas que no nos gusta dejar de lado.

Cuando empezamos a conectarnos con el organismo en forma más profunda, de la mano de las técnicas del Método DeRose, enseguida descubrimos que lo que hacíamos habitualmente para limpiar el cuerpo ya no es suficiente. Hace falta profundizar.

Nuestra filosofía práctica tiene sus raíces en una civilización que existió hace cinco milenios: los drávidas. Las ruinas de sus ciudades (Harappa, Lothal y Mojenho Daro entre las más importantes) revelaron a los arqueólogos algunos datos sorprendentes. Entre ellos, la existencia de agua corriente y baños en cada casa. ¡Hace cinco mil años! (Si resulta complicado pensar en cómo era la vida hace cien o ciento cincuenta años… imaginar cómo era hace cinco mil años es casi imposible.)

Queda de manifiesto que esta antigua cultura consideraba la higiene como algo especialmente importante. Se entendía en forma extensa, no sólo en la superficie. Rescatando esa herencia ancestral, hoy tenemos a nuestra disposición técnicas de limpieza interna, que son útiles para que el organismo funcione mejor.

Vivimos sometidos a una cantidad de polución que, por supuesto, no existía hace miles de años. Así, estos recursos son más necesarios en la actualidad. Nos toca aplicarlos tan cotidianamente como el baño o el cepillado de los dientes.

Algunas de estas técnicas de purificación de las mucosas no requieren más que buena disposición del practicante. Otras utilizan sólo agua. Para aprenderlas es mejor recurrir a un instructor formado y revalidado. Y para descubrir la frecuencia ideal para cada persona, no hay nada mejor que el autoestudio.

Y como lo que se aprende no se “desaprende”, desde hoy no vale barrer debajo de la alfombra… ¡hay que dejar nuestra casa (el cuerpo) brillante por dentro y por fuera!

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