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Parar para crecer

Cuando queremos conquistar algo, indiscutiblemente tenemos que concentrarnos, hacer foco, realizar acciones concretas. En esos casos, que ocupan gran parte de nuestros objetivos y nuestro tiempo, siempre viene bien tener algún sistema para organizarnos y reducir la dispersión.

Pero no podemos dejar de lado que las realizaciones son una manera de evolucionar, aunque no la única posible. La alta productividad evidentemente es útil para prosperar en determinados aspectos. Sin embargo, es importante observarse continuamente, para saber hasta qué punto uno rinde más si se exige más, y cuándo todo el sistema se transforma en un círculo vicioso que acaba conduciéndonos hacia el estrés y la saturación.

Antes de llegar a ese punto, hay muchísimas opciones que nos permiten evolucionar como personas en forma balanceada. Una elección válida es practicar alguna disciplina que abarque calidad de vida y desarrollo personal (en mi caso, he elegido el Método DeRose). Paralelamente, una posibilidad enorme de crecimiento se presenta cuando viajamos.

Una pausa en el camino

Encontramos una buena oportunidad para crecer cuando abrimos los horizontes y nos disponemos a conocer nuevos lugares, culturas diferentes, otros amigos. Si las capitalizamos bien, este tipo de experiencias nos acomodan en otro punto de vista, permitiéndonos reafirmar o revisar valores y creencias para modificar lo que haga falta.

Corto o largo, acompañado o solitario, ir cerca o lejos… cada viaje será una invitación a interrumpir el ritmo de la rutina cotidiana para ampliar la perspectiva. Viajar es un excelente catalizador evolutivo.

Es común que durante un viaje se produzca el fenómeno de “parar para ver”. Hagamos un paralelismo: es como si nuestra vida diaria fuese un tránsito a través de un sendero angosto entre dos aldeas de montaña e, independientemente de la prisa en llegar de un lugar a otro, detuviéramos por un instante la caminata para apreciar la belleza de la naturaleza alrededor, generando un momento mágico, especial, en el que por un instante todo se detiene y somos capaces de percibir los aspectos más sutiles del universo que nos rodea. Después de eso, no veremos el camino con los mismos ojos. Una travesía bien aprovechada es exactamente como ese impasse.

Muchas veces la distancia más corta entre dos sitios nos aleja de la ruta más bonita. Apreciar la belleza que existe dentro y alrededor de nosotros demanda un sendero más largo, dar algún rodeo, detenerse unos minutos.

Dentro de la atribulada vida urbana de estos días, un viaje es una excelente opción para parar un poco. Y crecer.

Creciendo fuera de la zona de confort

Salga de su zona de confort. Sólo se puede crecer si usted está dispuesto a sentirse incómodo y molesto al intentar algo nuevo.

— Brian Tracy

A nuestro espacio confortable, lo construimos incansablemente, como si estuviésemos anidando. Y este sitio, por supuesto, no es sólo físico, sino que toma incontables dimensiones. Crece como un capullo sutil que nos rodea, lleno de lugarcitos propios, acogedores, hechos a nuestra medida.

Recuerdo que hace algunos años, la sola mención de la palabra utopía me hacía pensar profundo. Representaba para mí lo que estaba fuera de lo cómodamente establecido: todo aquello que quería pero no me animaba a buscar.

Tomó tiempo reunir el coraje suficiente para ir detrás de mis sueños. En mi caso, lo que generó este estímulo fue un cambio de profesión que implicó dejar atrás la clásica relación de dependencia en una empresa grande. A fin de cuentas, no tenía muy claro para quién trabajaba. No había un propósito en la tarea de cada día, no me movía un ideal. Apenas nadaba a favor de la corriente, dejando que me llevara a donde mejor le pareciera. La oportunidad de una mudanza, un cambio radical, aunque me daba un poco de miedo, sacudió mi letargo, que no era más que una cara de la trampa de la comodidad.

Lo más importante que encontré al decidir forjar activamente mi destino fue la capacidad de desafiarme siempre

Años después, con algunos proyectos realizados y otros en camino, siento que lo más importante que encontré al decidir forjar activamente mi destino fue la capacidad de desafiarme siempre, de encontrar lugares nuevos, menos acogedores, eventualmente más ásperos; detrás de los que a veces se esconde la felicidad. No la felicidad abstracta, casi divina, que llega por casualidad (¡en esa no creo!) si no la de ver concretada una meta. La felicidad -también- de haberme sabido rodear por personas que comparten la voluntad de salir de su lugar de confort para crecer cada vez más.

Todo esto, que para mí era casi imposible, hoy es una realidad. ¿Te animás vos al desafío?

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