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Reflexiones

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Una eximia memoria

Nunca conocí a alguien con tanta memoria como mi abuelo. Se acuerda de cada detalle de las historias que cuenta. Sabe las fechas, los momentos, las ciudades en las que pasaron tantas cosas de su vida. Son historias que contó un montón de veces, y cada vez que las relata lo hace con más detalles. Por momentos me pregunto si es que hizo el ejercicio de ir repitiéndolas en su cabeza o simplemente tiene una habilidad innata.

Hoy, Facebook me cuenta lo que “pasó” hace uno, dos y hasta diez años. Me lo muestra a través de fotos y videos. Pero, ¿yo podría conservar en mi memoria tantas cosas, así como lo hace mi abuelo, si no tuviera a alguien que me lo recuerde todos los días? Ni hablar de los hechos que pasaron quince o veinte años atrás, cuando todavía no existían las redes sociales.

En la secundaria me hicieron leer Farenheit 451, de Ray Bradbury. Y sí, digo “me hicieron leer” porque normalmente me aburrían mucho esos libros; pero Bradbury logró algo que no muchos habían conseguido. En esa novela, los libros estaban prohibidos y los bomberos se ocupaban de incendiarlos. Eso me llevó a pensar cómo sería el mundo sin libros, sin nada que soporte gran parte del conocimiento de la humanidad.

Entonces vuelvo a mi abuelo y a su eximia memoria. Quizás él podría ser de esas personas que consigan que el conocimiento no se pierda. Pero necesitaría discípulos, gente que sienta la necesidad de que nada se modifique con el tiempo, de que las historias, las costumbres, las culturas sigan transmitiéndose de generación en generación, de boca a oído. Así, quedarían dos opciones: nacer con una gran memoria o entrenarla.

En mi caso, practicar es la alternativa. Tratar de recordar los eventos que pasaron hace un año, quiénes estaban, por qué y buscar hacer una anécdota de eso, para que sea más fácil de retener.

Hace unos años que están de moda los audiobooks. Pero para mí, estar cerca de las personas que tienen más experiencia y escuchar sus relatos es un gran ejercicio para aprender a narrar momentos de la vida. Yo prefiero escuchar audioabuelo y otros audiofamiliares que me cuentan historias de sus vidas y le dan color a la mía.

Esto es un merengue

Como muchas personas, tengo momentos en los que me pongo a pensar, filosofar y hasta delirar. Reflexiono sobre dudas existenciales y asuntos que probablemente nunca resuelva. Pero siempre que voy por esa línea de pensamiento, hay un tema que se torna recurrente: si veo las cosas de determinado color, por ejemplo el pasto verde ¿los demás van a ver ese mismo verde?

Para muchos aparentemente está muy claro de qué se trata, pero seguro todos lo pensamos de otra manera. Para algunas personas, los colores tal vez son más brillantes, o más saturados. Si todos vemos diferente, probablemente nuestra percepción de las cosas varíe mucho. A algunos perciben el frío como algo agradable, otros, sienten eso con el calor. Hay quienes se deprimen con los días de lluvia, y otros que disfrutan una tormenta, más que un día soleado.

Uno de los actos de Les Luthiers que más me gustaban de chica era “Esther Píscore”. En él, Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock comenzaban debatiendo acerca del merengue, y cada uno defendía su opinión
“…un ritmo latinoamericano, muy festivo, muy animado que se canta, se baila… sobre todo, difundido en países tropicales como Venezuela, Colombia, República Dominicana, en fin, estamos hablando ni más ni menos que del merengue…”
“El merengue es un delicioso postre, un pequeño pastel o pastelito de forma aovada o ahuevada que se hace batiendo las claras de huevo a punto de nieve, se lo mezcla con el almíbar y se lo hornea 20 minutos.”

A veces eso me lleva a concluir que lo que siento no es algo absoluto. Aunque por momentos, me encajo en una forma de pensar de la cual me cuesta un montón salir (si es que alguna vez considero hacerlo). Ponerme en el lugar del otro me resulta muy difícil porque no hay forma de sentir como siente esa persona. De todas formas, es un lindo ejercicio intentar hacerlo. No hace falta comprender el punto de vista ajeno, porque es muy probable que eso no pase, pero sí es linda la oportunidad de mirar con otros ojos.

Después de un largo divague sobre musas y confusiones, Daniel y Marcos, terminaban dando sus definiciones en simultáneo y no se entendía nada. Es que, al fin y al cabo, merengue puede designar cualquiera de las dos cosas pero, fuera de contexto, cada cual podía interpretar lo que tenía ganas, lo que su cultura y su estado de ánimo les permitía entender. Ellos veían el color verde desde sus propios ojos, pero no percibían que el otro estaba viendo algo diferente. Al final del acto, terminaban bailando y cantando un merengue que hablaba sobre comer merengue. Nada mal, ¿no?

De la mano

Me acuerdo que todas las noches, cuando era chica, mi mamá o mi papá me daban la mano antes de dormir. Sólo con el pedido, nombrando la palabra, y ahí estaba alguno de los dos. Todavía no entiendo cómo ni cuándo eso se tornó una costumbre, pero surgió y es algo que me acompaña hasta el día de hoy.

Darse la mano es más, mucho más que sólo ese acto. Darse la mano es sentir una compañía casi incondicional, es saber que hay alguien al lado en quien confiar.

Para mí, dar la mano también es ir de la mano. Significa ir caminando y por momentos ser guía y a veces ser guiado; y que me avisen si voy a tropezarme con algo, o si es mejor frenar y tomar otro camino.

Y es dar una mano, incluso sin tener que pedirla. Es saber que puedo contar con otras personas y ellas conmigo. Sin necesidad de decir nada.

Darse la mano es un acto sensorial. Es sentir el calor del otro cuando hace frío, es dar cariño y recibirlo, es juego y pasión, es amor y amistad, es un beso y una caricia.

Durante esos años de mi infancia, también llegaba el momento de soltarse; y esa era la parte más difícil. Aunque parecía que estaba dormida, no era así, y entonces cuando me daba cuenta que alguno de mis padres se alejaba, apretaba de nuevo su mano. Sabía que no iba a dormirme y que eventualmente iba a tener que soltar esa mano, pero también sabía que la noche siguiente volvería a estar ahí.

Awakening

 

Hace poco descubrí una música; tal vez ya la había escuchado en algún lado, pero no le había prestado atención. No fue amor a primera vista, sino que se fue construyendo y creciendo con cada reproducción, y eso es lo que más me entusiasmó. Conocer algo y saber de inmediato que me gusta, suele provocarme una sensación de prisa; que hasta se torna desagradable.

La etapa de enamoramiento es difícil de retomar cuando llega el momento de la realidad; por eso me propongo conscientemente prolongar esa etapa, pero nunca forzarla, ni mantenerla en un pico insostenible. En vez de generar una curva que asciende y baja de golpe, ir subiendo una escalera, escalón por escalón. Aunque no siempre se suba; muchas veces esa escalera tiene un rellano y hasta por momento se bajan escalones.

Ahora esa canción está en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez. Elijo dejarla sonar y tomo de ella las cosas que me gustan; me motiva y entusiasma. Probablemente en un rato deje de escucharla, para prestarle atención a otra cosa y no inundarme por completo, ya que quiero que se quede conmigo por un largo tiempo.

El momento perfecto

Timing is the answer to success

Kevin Johansen

La gente piensa que, como las cámaras ahora son digitales, uno puede disparar a mansalva, sin criterio y casi sin encuadrar. Si de un momento específico tenemos miles y miles de imágenes, ¿cómo vamos a hacer para optar por una sola?

Después de la toma, ya sea que haya 400 ó 2 fotos, tenemos que seleccionar una; y es esa la que va a tener valor. Si tomamos 400, probablemente, elegir nos tome mucho tiempo, opiniones ajenas y la duda sobre si la del segundo antes no era mejor. Cuando decidimos entre 2, ya no es tan difícil, porque antes tuvimos la posibilidad de mirar, esperar, encuadrar. Dejamos pasar esas 398 fotos restantes, porque sabíamos que, en realidad no eran necesarias.

Lo que más me gusta es sentirme involucrada en el momento. Ponerse detrás de la cámara es una forma de ser protagonista del resultado, es como tomar la batuta y dirigir la orquesta, una orquesta propia.

Cuando la persona se da cuenta que está siendo fotografiada, pueden pasar dos cosas: que se asuste y se esconda; o que me mire y conectemos. De todas maneras, siempre siento que la espera, como en muchos otros casos, no es pasiva, es activa. Todo depende de en qué lugar estoy, desde qué ángulo quiero tomar la foto, cuál es el mensaje que quiero transmitir y claro, de aquel objeto a fotografiar.

El fotógrafo Alan McFayden logró, después de 6 años, capturar la foto que quería de un martín pescador lanzándose directo al agua sin salpicar. Después de 720.000 disparos a conciencia y 4.200 horas invertidas, consiguió la foto buscada.

No es lo mismo tomar una foto en invierno o en verano, no es lo mismo tomarla de día o de noche. Esperar a que todo encaje y se produzca una combinación tan ideal puede tomar minutos, días, horas y hasta años, buscando el momento perfecto.

Algo está desapareciendo

Nuestro cuerpo es económico. Cuando dejamos de usar alguna de sus funciones, el organismo asume que ya no es más necesaria. Muchas veces es muy difícil de recuperar, otras, imposible.

Si uno tiene un accidente y se quiebra un brazo, probablemente pase un mes enyesado. ¿La recuperación? Bueno, puede variar entre uno y tres meses. ¿Y si alguien se tapa un ojo por un mes? Tal vez, cuando lo destape, no vea por un tiempo de ese ojo, después vea doble y quizás luego recupere la visión en su totalidad ¿Ya lo pensaste? Algunas sinapsis neuronales se pierden si hasta cierta edad no se produjeron.

Hace poco soñé que una persona volvía de una expedición en otro planeta y bajaba de su nave diciendo con preocupación: “¡no conocemos nuestro Universo y por eso está desapareciendo!”. Al enterarme de esa noticia, la desesperación me invadió.

Entonces reflexioné sobre ese sueño. Existen tantas herramientas disponibles, a la vista, y no las usamos. Sabemos que están ahí y pensamos que van a estar para siempre. Creemos que vamos a tener tiempo y por eso postergamos su aprovechamiento o priorizamos otras cosas.

Cada día que pasemos sin hacer algo para acercarnos más a lo que somos, es un día más en el que el Universo se va borrando, va desapareciendo. Si no trabajamos para conseguir lo que deseamos, si no entrenamos para perfeccionarnos, esos objetivos van quedando más y más lejos. Pero, aunque sea a paso lento, si es firme, no hay nada que pueda frenarnos. El Universo sólo existe si hacemos algo con él.

¿Bailamos?

Me encanta bailar. Cuando bailo sola, en mi casa, no me importa nada. Pero también me gusta tener un compañero. Al bailar en pareja, aparece una tensión suave. Una incomodidad que me remite a una de las obras que más me gusta de Vasíli Kandinsky, no apenas por su título — Tensión Suave — pero también por lo que me provoca.

Un póster de esa pintura estuvo colgado en mi habitación durante varios años y nunca dejé de mirarlo; como era arte abstracto, nada estaba totalmente dicho. A través de líneas marcadas y colores plenos, generaba en mi mente combinaciones que podían interpretarse como figuras más concretas. Aunque tal vez distase mucho de la intención original de Kandinsky. Eso me incomodaba y a la vez hipnotizaba.

Lo mismo me pasa al bailar en pareja, la comunicación verbal pasa a un segundo plano; la palabra no es tan importante. La mirada, el movimiento, sentir a quien acompaña lo dice todo: para dónde ir, qué paso sigue, la intención, si lo está disfrutando, la confianza que hay — o no — entre los dos. Depende del ritmo de la música y del estilo, si se está más cerca o más lejos, si se baila más lento o más rápido. Depende de la experiencia y de la química (algo para otro día) de los bailarines. Nada de esto es posible si las dos partes no están conectadas, porque lo literal no está presente y las palabras no sirven.

Viajar no es una escapatoria

Me gusta mi ciudad, hasta porque vivo en las afueras y puedo visitarla cuando tengo ganas. Cada vez que entro en la capital me veo como un turista, aunque también siento que pertenezco. Recorro sus calles casi sin conocerlas, pero con la sensación de saber perfectamente dónde estoy.

Eso me pasa cuando viajo a cualquier parte del mundo. Elijo salir a caminar, perderme, imaginarme la vida de sus habitantes, y trato de meterme en sus zapatos. El perfume amargo del cemento de una ciudad me puede hipnotizar. Probar la comida que caracteriza a cada región es tan importante como conocer a su ciudadano más representativo. Por eso también, muchas veces decido volver a visitar los mismos lugares.

Cuando leo un libro estando próxima a viajar, me gusta que esté situado en esa ciudad y que el autor describa cosas sobre su vida cotidiana, en los distintos lugares, más allá de la historia. Hace unos años viajé a Europa y mientras tanto leía La Insoportable Levedad del Ser de Milan Kundera. Mientras recorría Grecia con mi familia leíamos el mito de Atenea y sobre cómo nació la ciudad a la cual da su nombre. En unos días voy a viajar a New York, ciudad que ya visité algunas veces, y estoy reviviéndola leyendo el atrapante Éramos unos Niños de Patti Smith.

Seleccionar un destino, soñar con él. Conocer un lugar que se va a transformar en un nuevo hogar aunque mi casa siga estando en Buenos Aires es una forma de ganar experiencias, que me cambian y me llenan de ganas de volver para poder aplicarlas. Viajar no es una escapatoria.

Riesgo y recompensa

El instante de tomar una decisión es el más solitario de la existencia. No hay presencia, consejo, aliento que te haga sentir acompañado en ese punto de inflexión vital. Es ahí cuando brota el miedo sembrado a lo largo de años de educación perpetrada por el cine, la televisión y las escenas familiares que se encuadran en esos moldes novelescos.

Si el momento de tomar una decisión es solitario por naturaleza, ahí es donde podés aprovechar para hacer una zambullida profunda. En el fondo hay cosas que asustan, pero el que no arriesga no gana.

Y si te la pasás posponiendo las decisiones se te impregna el temor de errar, que es muy peligroso, porque justamente te impide equivocarte, condición inseparable del aprendizaje.

No se necesita saberlo todo para tomar una decisión ponderada: el resto del mundo no pretende que contemples su voluntad.

Lee la nota completa en el blog de la Sede Decana

10 motivos por los cuales es MUY ARRIESGADO practicar el Método DeRose

Por Leandro Sosi
  1. Puede ser que dejes de reclamar a la vida. Si pretendés llegar a ser un anciano amargado y cascarrabias, acostumbrado a reclamar hasta por quien reclama demás, es mejor que te mantengas lejos de este método.
  2. Vas a contar los minutos que faltan para el horario de tu práctica, ya que no verás la hora de reunirte con personas divertidas, inteligentes y bonitas.
  3. Puede ser que comiences a sentir un inmenso placer en cocinar o alimentarte de cosas que jamás pensaste que pudieran ser tan sabrosas y, para tu sorpresa, ¡saludables! Mucho cuidado con eso.
  4. Probablemente comenzarás a sentir más disposición en tu vida diaria: te sentirás más fuerte y más flexible, dormirás mejor, absorberás información de manera más eficiente, respirarás mejor y disiparás menos energía.
  5. Tal vez comiences a controlar más tus emociones: cuando tu jefe te dé un reto homérico frente a todo el mundo, tal vez logres responder de una manera que hasta lo haga reír. Los días de estrés profundo pueden estar contados…
  6. Puede ser que tu nivel cultural aumente sustancialmente. Podrás sentir extrañas necesidades de ir más al cine, al teatro, a shows, conciertos, bares, cafés, viajar mucho más… Mucho cuidado con este cúmulo de estímulos, puede ser muy peligroso para tu vida social y para tu autoconocimiento. (¿A quién le gustaría conocerse mejor y aprender a tomar decisiones más interesantes en la vida..?)
  7. Tal vez te tornes una persona más civilizada, más educada… tal vez nunca más provoques una discusión en el tránsito o trates con grosería a un vendedor que está pasando por un día difícil. (Si estás pensando en no ser ese tipo de persona, olvidate.)
  8. Tu poder de concentración puede mejorar. (¿Para qué, si podés ser mucho menos eficiente en tu trabajo o en tu casa?)
  9. Tus relaciones afectivas y familiares pueden llegar a ser mucho menos complicadas. (¿Y eso, para qué? ¿No son mucho mejores los desentendimientos y las groserías?)
  10. Finalmente, tu vida puede cambiar. Si te tornás una persona más dispuesta e inteligente, fuerte, flexible, experimentada, educada, civilizada, que viaja y que tiene buenas relaciones… ¿cómo vas a conseguir motivos para reclamarle a la vida?