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junio 2017

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Una eximia memoria

Nunca conocí a alguien con tanta memoria como mi abuelo. Se acuerda de cada detalle de las historias que cuenta. Sabe las fechas, los momentos, las ciudades en las que pasaron tantas cosas de su vida. Son historias que contó un montón de veces, y cada vez que las relata lo hace con más detalles. Por momentos me pregunto si es que hizo el ejercicio de ir repitiéndolas en su cabeza o simplemente tiene una habilidad innata.

Hoy, Facebook me cuenta lo que “pasó” hace uno, dos y hasta diez años. Me lo muestra a través de fotos y videos. Pero, ¿yo podría conservar en mi memoria tantas cosas, así como lo hace mi abuelo, si no tuviera a alguien que me lo recuerde todos los días? Ni hablar de los hechos que pasaron quince o veinte años atrás, cuando todavía no existían las redes sociales.

En la secundaria me hicieron leer Farenheit 451, de Ray Bradbury. Y sí, digo “me hicieron leer” porque normalmente me aburrían mucho esos libros; pero Bradbury logró algo que no muchos habían conseguido. En esa novela, los libros estaban prohibidos y los bomberos se ocupaban de incendiarlos. Eso me llevó a pensar cómo sería el mundo sin libros, sin nada que soporte gran parte del conocimiento de la humanidad.

Entonces vuelvo a mi abuelo y a su eximia memoria. Quizás él podría ser de esas personas que consigan que el conocimiento no se pierda. Pero necesitaría discípulos, gente que sienta la necesidad de que nada se modifique con el tiempo, de que las historias, las costumbres, las culturas sigan transmitiéndose de generación en generación, de boca a oído. Así, quedarían dos opciones: nacer con una gran memoria o entrenarla.

En mi caso, practicar es la alternativa. Tratar de recordar los eventos que pasaron hace un año, quiénes estaban, por qué y buscar hacer una anécdota de eso, para que sea más fácil de retener.

Hace unos años que están de moda los audiobooks. Pero para mí, estar cerca de las personas que tienen más experiencia y escuchar sus relatos es un gran ejercicio para aprender a narrar momentos de la vida. Yo prefiero escuchar audioabuelo y otros audiofamiliares que me cuentan historias de sus vidas y le dan color a la mía.

Esto es un merengue

Como muchas personas, tengo momentos en los que me pongo a pensar, filosofar y hasta delirar. Reflexiono sobre dudas existenciales y asuntos que probablemente nunca resuelva. Pero siempre que voy por esa línea de pensamiento, hay un tema que se torna recurrente: si veo las cosas de determinado color, por ejemplo el pasto verde ¿los demás van a ver ese mismo verde?

Para muchos aparentemente está muy claro de qué se trata, pero seguro todos lo pensamos de otra manera. Para algunas personas, los colores tal vez son más brillantes, o más saturados. Si todos vemos diferente, probablemente nuestra percepción de las cosas varíe mucho. A algunos perciben el frío como algo agradable, otros, sienten eso con el calor. Hay quienes se deprimen con los días de lluvia, y otros que disfrutan una tormenta, más que un día soleado.

Uno de los actos de Les Luthiers que más me gustaban de chica era “Esther Píscore”. En él, Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock comenzaban debatiendo acerca del merengue, y cada uno defendía su opinión
“…un ritmo latinoamericano, muy festivo, muy animado que se canta, se baila… sobre todo, difundido en países tropicales como Venezuela, Colombia, República Dominicana, en fin, estamos hablando ni más ni menos que del merengue…”
“El merengue es un delicioso postre, un pequeño pastel o pastelito de forma aovada o ahuevada que se hace batiendo las claras de huevo a punto de nieve, se lo mezcla con el almíbar y se lo hornea 20 minutos.”

A veces eso me lleva a concluir que lo que siento no es algo absoluto. Aunque por momentos, me encajo en una forma de pensar de la cual me cuesta un montón salir (si es que alguna vez considero hacerlo). Ponerme en el lugar del otro me resulta muy difícil porque no hay forma de sentir como siente esa persona. De todas formas, es un lindo ejercicio intentar hacerlo. No hace falta comprender el punto de vista ajeno, porque es muy probable que eso no pase, pero sí es linda la oportunidad de mirar con otros ojos.

Después de un largo divague sobre musas y confusiones, Daniel y Marcos, terminaban dando sus definiciones en simultáneo y no se entendía nada. Es que, al fin y al cabo, merengue puede designar cualquiera de las dos cosas pero, fuera de contexto, cada cual podía interpretar lo que tenía ganas, lo que su cultura y su estado de ánimo les permitía entender. Ellos veían el color verde desde sus propios ojos, pero no percibían que el otro estaba viendo algo diferente. Al final del acto, terminaban bailando y cantando un merengue que hablaba sobre comer merengue. Nada mal, ¿no?