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febrero 2017

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¿Bailamos?

Me encanta bailar. Cuando bailo sola, en mi casa, no me importa nada. Pero también me gusta tener un compañero. Al bailar en pareja, aparece una tensión suave. Una incomodidad que me remite a una de las obras que más me gusta de Vasíli Kandinsky, no apenas por su título — Tensión Suave — pero también por lo que me provoca.

Un póster de esa pintura estuvo colgado en mi habitación durante varios años y nunca dejé de mirarlo; como era arte abstracto, nada estaba totalmente dicho. A través de líneas marcadas y colores plenos, generaba en mi mente combinaciones que podían interpretarse como figuras más concretas. Aunque tal vez distase mucho de la intención original de Kandinsky. Eso me incomodaba y a la vez hipnotizaba.

Lo mismo me pasa al bailar en pareja, la comunicación verbal pasa a un segundo plano; la palabra no es tan importante. La mirada, el movimiento, sentir a quien acompaña lo dice todo: para dónde ir, qué paso sigue, la intención, si lo está disfrutando, la confianza que hay — o no — entre los dos. Depende del ritmo de la música y del estilo, si se está más cerca o más lejos, si se baila más lento o más rápido. Depende de la experiencia y de la química (algo para otro día) de los bailarines. Nada de esto es posible si las dos partes no están conectadas, porque lo literal no está presente y las palabras no sirven.

El multitasking es un mito

Todos caemos en la trampa, es sólo cuestión de contar cuántas pestañas tiene abiertas nuestro navegador en este momento y reflexionar. (¡En mi caso son muchas!)

Es que con la velocidad a la que crecen nuestras listas de tareas, es tentador pensar en juntar varias y hacerlas a la vez. Pero la realidad es otra: el cerebro no está diseñado para trabajar en dos o más cosas al mismo tiempo.

Cuando pensamos que hacemos multitasking, en realidad estamos saltando de una tarea a otra rápidamente, y eso tiene un costo, tanto cognitivo como de rendimiento.

Cada tarea necesita una mentalidad particular; cambiar constantemente no nos permite alcanzar ese estado ideal. Cuando alternamos funciones somos más propensos a cometer errores, especialmente en aquellas que necesitan pensamiento crítico. Más aún, puede producir agotamiento emocional y mental, aumentando el stress y reduciendo funciones como la memoria a corto plazo y la capacidad de observación.

Al hablar de multitasking, en realidad estamos hablando de otra cosa: el arte de prestar atención, la habilidad de enfocarnos en una cosa y, más aún, de discernir qué objetos son merecedores de nuestro foco. Muchos de aquellos que obtuvieron grandes logros en sus vidas dan el crédito de su éxito a su capacidad de foco. Isaac Newton, por ejemplo, dijo que su genio tenía más que ver con la atención paciente que con cualquier otro talento.

Sin importar cuál es el rubro, la parte más difícil de conquistar en el camino al éxito no es la mecánica del negocio. Lo que hace la diferencia es el foco: si algo merece ser hecho, merece ser hecho bien, con la atención plena y las habilidades canalizadas en esa tarea, en ese momento.

Sin embargo, hoy en día nuestra capacidad de concentrarnos está muy poco entrenada. Necesitamos libros y cursos para enseñarnos a evitar las distracciones, ¡y hasta necesitamos que los dispositivos electrónicos nos ayuden a superar el déficit de atención que ellos mismos generan!

Todos tenemos una cantidad limitada de atención disponible, y al hacer tareas en paralelo se divide. La tarea que estamos realizando es la que se lleva una porción mayor de la torta. No queda mucho para otras cosas, con la excepción de actividades automáticas como caminar o masticar chicle.

Si hacemos algo en piloto automático, como por ejemplo lavar la ropa, entonces sí tiene sentido leer un libro al mismo tiempo. Pero intentar hacer dos tareas demandantes a la vez, aunque sean simples, termina siendo contraproducente. Pasar de una tarea a otra en realidad reduce la productividad: gastamos energía en el proceso y no entramos en el estado de conciencia ideal para alcanzar los resultados que esperamos.

Las redes sociales están promoviendo un condicionamiento: cuando chequeamos nuestro email, o facebook, cada tanto recibimos algo útil o valioso, o gracioso. Pero esto sucede en forma aleatoria. En psicología eso se llama refuerzo aleatorio, y es suficiente para reforzar un hábito. Este tipo de hábitos aleatorios son muy dificiles de corregir.

¿Cuál es la moraleja? Multitasking no es una habilidad para agregar al curriculum, sino un hábito a mejorar. Apagar las notificaciones del celular, chequear el mail a la mañana y al mediodía, dejar diez minutos a la tarde para Twitter. Pasar del multitasking al singletasking y hacerlo con orgullo.

Viajar no es una escapatoria

Me gusta mi ciudad, hasta porque vivo en las afueras y puedo visitarla cuando tengo ganas. Cada vez que entro en la capital me veo como un turista, aunque también siento que pertenezco. Recorro sus calles casi sin conocerlas, pero con la sensación de saber perfectamente dónde estoy.

Eso me pasa cuando viajo a cualquier parte del mundo. Elijo salir a caminar, perderme, imaginarme la vida de sus habitantes, y trato de meterme en sus zapatos. El perfume amargo del cemento de una ciudad me puede hipnotizar. Probar la comida que caracteriza a cada región es tan importante como conocer a su ciudadano más representativo. Por eso también, muchas veces decido volver a visitar los mismos lugares.

Cuando leo un libro estando próxima a viajar, me gusta que esté situado en esa ciudad y que el autor describa cosas sobre su vida cotidiana, en los distintos lugares, más allá de la historia. Hace unos años viajé a Europa y mientras tanto leía La Insoportable Levedad del Ser de Milan Kundera. Mientras recorría Grecia con mi familia leíamos el mito de Atenea y sobre cómo nació la ciudad a la cual da su nombre. En unos días voy a viajar a New York, ciudad que ya visité algunas veces, y estoy reviviéndola leyendo el atrapante Éramos unos Niños de Patti Smith.

Seleccionar un destino, soñar con él. Conocer un lugar que se va a transformar en un nuevo hogar aunque mi casa siga estando en Buenos Aires es una forma de ganar experiencias, que me cambian y me llenan de ganas de volver para poder aplicarlas. Viajar no es una escapatoria.

Por dentro y por fuera

Este artículo forma parte de la serie 100 maneras de desarrollar alta performance en la cual te propongo incorporar el Método DeRose a tu vida cotidiana. Si estás leyendo, es porque tal vez ya estés en contacto con nuestro Método, o al menos tenés interés en descubrir cómo potenciar todo lo que hagas: el trabajo, los estudios, tu deporte… ¡la vida!

Practicamos una filosofía que busca la evolución, ¿qué mayor placer que el de desafiarnos a hacer las cosas de un modo diferente?

12 de 100 | Por dentro y por fuera

A veces no alcanza con lo que hacemos en la superficie. Lo que se ve está reluciente, pero… ¿y lo que no se ve?

Específicamente, estoy hablando de limpieza. No de cualquier limpieza, sino de una que resulta fundamental: la del cuerpo. Bañarnos, lavarnos los dientes, hasta frotar la superficie de la lengua son hábitos de higiene incorporados, cosas que hacemos todos los días casi sin darnos cuenta. Algunas de esas costumbres nos han sido inculcadas aun antes de tener habla. Sin duda son rutinas muy arraigadas, de esas que no nos gusta dejar de lado.

Cuando empezamos a conectarnos con el organismo en forma más profunda, de la mano de las técnicas del Método DeRose, enseguida descubrimos que lo que hacíamos habitualmente para limpiar el cuerpo ya no es suficiente. Hace falta profundizar.

Nuestra filosofía práctica tiene sus raíces en una civilización que existió hace cinco milenios: los drávidas. Las ruinas de sus ciudades (Harappa, Lothal y Mojenho Daro entre las más importantes) revelaron a los arqueólogos algunos datos sorprendentes. Entre ellos, la existencia de agua corriente y baños en cada casa. ¡Hace cinco mil años! (Si resulta complicado pensar en cómo era la vida hace cien o ciento cincuenta años… imaginar cómo era hace cinco mil años es casi imposible.)

Queda de manifiesto que esta antigua cultura consideraba la higiene como algo especialmente importante. Se entendía en forma extensa, no sólo en la superficie. Rescatando esa herencia ancestral, hoy tenemos a nuestra disposición técnicas de limpieza interna, que son útiles para que el organismo funcione mejor.

Vivimos sometidos a una cantidad de polución que, por supuesto, no existía hace miles de años. Así, estos recursos son más necesarios en la actualidad. Nos toca aplicarlos tan cotidianamente como el baño o el cepillado de los dientes.

Algunas de estas técnicas de purificación de las mucosas no requieren más que buena disposición del practicante. Otras utilizan sólo agua. Para aprenderlas es mejor recurrir a un instructor formado y revalidado. Y para descubrir la frecuencia ideal para cada persona, no hay nada mejor que el autoestudio.

Y como lo que se aprende no se “desaprende”, desde hoy no vale barrer debajo de la alfombra… ¡hay que dejar nuestra casa (el cuerpo) brillante por dentro y por fuera!