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febrero 2014

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Parar para crecer

Cuando queremos conquistar algo, indiscutiblemente tenemos que concentrarnos, hacer foco, realizar acciones concretas. En esos casos, que ocupan gran parte de nuestros objetivos y nuestro tiempo, siempre viene bien tener algún sistema para organizarnos y reducir la dispersión.

Pero no podemos dejar de lado que las realizaciones son una manera de evolucionar, aunque no la única posible. La alta productividad evidentemente es útil para prosperar en determinados aspectos. Sin embargo, es importante observarse continuamente, para saber hasta qué punto uno rinde más si se exige más, y cuándo todo el sistema se transforma en un círculo vicioso que acaba conduciéndonos hacia el estrés y la saturación.

Antes de llegar a ese punto, hay muchísimas opciones que nos permiten evolucionar como personas en forma balanceada. Una elección válida es practicar alguna disciplina que abarque calidad de vida y desarrollo personal (en mi caso, he elegido el Método DeRose). Paralelamente, una posibilidad enorme de crecimiento se presenta cuando viajamos.

Una pausa en el camino

Encontramos una buena oportunidad para crecer cuando abrimos los horizontes y nos disponemos a conocer nuevos lugares, culturas diferentes, otros amigos. Si las capitalizamos bien, este tipo de experiencias nos acomodan en otro punto de vista, permitiéndonos reafirmar o revisar valores y creencias para modificar lo que haga falta.

Corto o largo, acompañado o solitario, ir cerca o lejos… cada viaje será una invitación a interrumpir el ritmo de la rutina cotidiana para ampliar la perspectiva. Viajar es un excelente catalizador evolutivo.

Es común que durante un viaje se produzca el fenómeno de “parar para ver”. Hagamos un paralelismo: es como si nuestra vida diaria fuese un tránsito a través de un sendero angosto entre dos aldeas de montaña e, independientemente de la prisa en llegar de un lugar a otro, detuviéramos por un instante la caminata para apreciar la belleza de la naturaleza alrededor, generando un momento mágico, especial, en el que por un instante todo se detiene y somos capaces de percibir los aspectos más sutiles del universo que nos rodea. Después de eso, no veremos el camino con los mismos ojos. Una travesía bien aprovechada es exactamente como ese impasse.

Muchas veces la distancia más corta entre dos sitios nos aleja de la ruta más bonita. Apreciar la belleza que existe dentro y alrededor de nosotros demanda un sendero más largo, dar algún rodeo, detenerse unos minutos.

Dentro de la atribulada vida urbana de estos días, un viaje es una excelente opción para parar un poco. Y crecer.

De feriados, vacaciones y otros días especiales

Me gusta trabajar. Sí, así como suena. Lo disfruto tanto que siento que la acepción tradicional del término trabajo no se aplica a lo que hago. Muchas veces me descubrí pensando en una palabra que defina lo que siento por mi profesión: una que no incluya los conceptos de sacrificio, disgusto o “sudor de tu frente”. Amo apasionadamente cada faceta del Método que elegí para vivir y enseñar.

Me gusta mi profesión por muchas cosas. Una de ellas que es que encuentro la manera de que ningún día sea igual al otro. Mi cotidianeidad incluye una rutina placentera de hábitos y técnicas que en general llevo a cabo a primera hora de la mañana. Y después, cada día es una sorpresa. Eso es lo mejor de todo.

A veces, el calendario indica que el día es feriado. ¡Casi se me pasa…, no lo estoy esperando especialmente! Decido entonces que ese día especial lo voy a utilizar para cosas diferentes (escribir, visitar amigos, más tiempo dedicado a leer…). Ya les dije: mi trabajo no merece ser llamado así, tiene mucho de placer.

¿Y cuando llegan las vacaciones? Es difícil pensar en quince días sin hacer nada. Yo no soy así. Siento que cada uno de esos días diferentes es una oportunidad de descubrir nuevos horizontes que, sin duda, enriquecerán después mi capacidad de transmitir los conceptos de buena calidad de vida, buenas maneras, buenas relaciones humanas, buena cultura, buena alimentación y buena forma que son propios del Método DeRose.

Sería natural que, al leer esto, la primera deducción fuera: ¡estamos frente a una auténtica workaholic! Pero no, no es así. Un placer conocerlos: están frente a Natalia, una persona que, simplemente, ama lo que hace y pone toda su pasión en ello. Y a partir de hoy, espero compartirlo con cada uno de ustedes.

¿De qué hablamos cuando hablamos de calidad de vida?

Concepto amplio si los hay, forma parte de uno u otro modo del vocabulario que utilizamos cotidianamente. Todos sabemos a qué nos referimos cuando mencionamos la calidad de vida, pero a la hora de definirla surgen imprecisiones y subjetividades.

Una explicación que me encanta es la que da DeRose, escritor brasileño contemporáneo especializado en este asunto: Calidad de vida es tornar la existencia menos complicada, es hacer lo que da placer, con alegría, salud y bienestar. Me parece una definición consistente, al alcance de todos los que queremos mejorar nuestra vida, no sólo para nosotros mismos sino también para influir positivamente sobre el entorno.

Pero, en la práctica: ¿qué está en nuestras manos hacer?

Una alimentación adecuada es la que nos proporciona los nutrientes necesarios para el tipo de vida que llevamos. Un buen parámetro para evaluar si estamos comiendo en forma saludable es observar cómo nos sentimos inmediatamente después: ¿pesados y lentos o ágiles y livianos? Si al terminar de comer cuesta continuar con las actividades, es señal de que sería inteligente introducir algunos  cambios.

Algunos hábitos emocionales desgastan, porque consumen muchísima energía que podríamos aprovechar para crecer. Vale la pena observarse y hacer lo necesario para modificarlos.

Podemos practicar alguna actividad corporal que disfrutemos y nos genere un cierto desafío. Movimiento, acción y autosuperación son factores insustituibles para vivir mejor. Encontrar nuestra propia motivación interna, trabajar por una causa, proponerse evolucionar, crecer y ser feliz.

Básica y simplemente, se trata de descubrir cosas que nos apasione hacer… y ¡hacerlas!